TIPOS FUNDAMENTALES DE CIUDAD

BREVE HISTORIA DEL URBANISMO ¿Qué es una ciudad y cuántos tipos existen? Recorremos la historia del urbanismo —de la polis griega a la urbe industrial— para entender cómo se construye una ciudad.

¿QUÉ ES UNA CIUDAD? La pregunta que precede a todo urbanismo

Definir la ciudad parece sencillo hasta que uno lo intenta. Es, a la vez, historia, geografía, economía, política, sociología y arte. Spengler llegó a decir que la historia universal es, en el fondo, historia ciudadana. Y sin embargo, nada tienen que ver entre sí la polis griega, la medina musulmana, la villa cristiana medieval o la metrópoli comercial moderna. Todas son ciudades. Ninguna se parece.

Para un estudio de arquitectura como el nuestro, dedicado a la rehabilitación del patrimonio, esta pregunta no es teórica. Cada vez que intervenimos en un edificio o en un espacio urbano heredado, trabajamos sobre una determinada idea de ciudad: la que le dio origen. Entenderla es la condición previa para conservarla sin congelarla.

En este artículo recorremos los tipos fundamentales de ciudad que ha producido la historia del urbanismo y los factores que, combinados, hacen que un conjunto de casas se convierta en algo mucho más complejo: una ciudad.

LA DIFICULTAD DE DEFINIR LA CIUDAD

La primera dificultad aparece en la propia definición. Se han propuesto muchas, respetables todas, pero a menudo incompatibles entre sí. No es que unas acierten y otras se equivoquen: es que cada una describe un concepto distinto de ciudad.

Repasemos algunas definiciones clásicas, porque cada una encierra un tipo urbano:

  • Aristóteles: la ciudad es «un cierto número de ciudadanos». Una definición política, hecha a la medida de la ciudad-estado griega, donde el Estado es la ciudad.
  • Alfonso X el Sabio: «todo aquel lugar que es cerrado de los muros con los arrabales». La ciudad medieval, inconcebible sin murallas que la defiendan.
  • Cantillon (siglo XVIII): la ciudad nace cuando un príncipe fija su residencia y otros señores acuden a tratarse «en agradable sociedad». La ciudad barroca, señorial y consumidora.
  • Ortega y Gasset: «un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos». La ciudad clásica y mediterránea, cuyo elemento esencial es la plaza.

 

Cuatro definiciones, cuatro ciudades diferentes. La lección es clara: no existe una ciudad, sino especies de ciudad nacidas de necesidades y culturas distintas.

LOS 3 TIPOS FUNDAMENTALES DE CIUDAD

Si nos ceñimos a las civilizaciones que más de cerca han modelado nuestro entorno —y muy en particular el andaluz—, encontramos tres grandes tipos urbanos.

1. La ciudad pública: la polis griega y la civitas romana

Es la ciudad por antonomasia, la del mundo clásico. Su corazón es el espacio abierto: el ágora griega, el foro romano. Como escribió Ortega, la urbe clásica no debería tener casas, sino solo fachadas necesarias para cerrar una plaza. Se funda la ciudad, precisamente, «para salir de la casa y reunirse con otros».

 

Es una ciudad de puertas afuera: locuaz, dialéctica, política. La plaza es la gran sala de reunión, y la conversación ciudadana acaba siendo conversación pública. Donde esa vida exterior florece, florece también el ejercicio de la ciudadanía.

2. La ciudad doméstica: la tradición nórdica y anglosajona

En el extremo opuesto está la ciudad de puertas adentro, característica de la civilización anglosajona. Su núcleo no es la plaza, sino la casa. El propio idioma lo delata: la palabra town deriva del viejo inglés tun, un recinto cerrado, parte del campo asociada a una granja. No es un concepto político, sino agrario.

Common de un pueblo de Nueva Inglaterra

El pueblo de Nueva Inglaterra lo ilustra a la perfección: las casas se aproximan sin llegar a tocarse y, en el centro, en lugar de una plaza, dejan un common, un fragmento de campo preservado. No hay secesión respecto a la naturaleza, sino puesta en valor del paisaje. Es, en el fondo, una ciudad eminentemente campesina.

3. La ciudad privada y religiosa: la medina islámica

Fustat (El Cairo)
Fustat (El Cairo)

Aquí lo privado se lleva al extremo. La casa se organiza como un recinto herméticamente cerrado y volcado hacia el interior: el patio cumple las funciones que en el mundo clásico correspondían a la plaza.

Esta lógica invierte por completo la construcción de la ciudad. En la urbe occidental, primero se traza la calle y luego las casas ocupan su sitio. En la medina, es la casa la que prevalece y obliga a la calle a buscar acomodo entre los huecos que le deja. De ahí sus trazados tortuosos, laberínticos, casi sin fachadas. La plaza pública apenas existe; el único espacio verdaderamente animado es el zoco, el bazar, la alcaicería, por pura necesidad funcional.

Es una ciudad organizada de dentro hacia afuera, sobre la vida privada y el sentido religioso de la existencia.

EL CASO ESPAÑOL Y ANDALUZ: entre la plaza y el patio

España constituye un caso especialmente rico, y aquí, en Huelva y en toda Andalucía, lo tenemos delante cada día. La ciudad española es en gran medida un intento de conciliar la urbe latina —locuaz y dialéctica— con el hermetismo heredado de la ciudad islámica.

De esa síntesis nacen elementos tan reconocibles como los cierros con celosías —trasposición cristiana de los ajimeces musulmanes— o esas depresiones talladas en las fachadas de muchos pueblos andaluces para que la mirada, desde dentro, alcance más lejos.

Alrededores de la mezquita de Córdoba y alrededores de la catedral de Toledo
Alrededores de la mezquita de Córdoba y alrededores de la catedral de Toledo

Durante el Barroco, España dio forma además a un tipo singular que podríamos llamar ciudad-convento. Otras ciudades europeas tenían conventos; algunas de las nuestras acabaron siendo conventos hechos ciudad. Muchos se fundaron tras la Reconquista encerrando, dentro de altas tapias, casas, palacios y pasadizos de las antiguas ciudades hispanomusulmanas, que quedaban así fijados en un tiempo inmóvil. Toledo, con sus clausuras recónditas y sus patios refrescados por surtidores, sigue hablando de aquella vida íntima.

Reconocer estas capas es, para nosotros, parte esencial del oficio: intervenir en el patrimonio andaluz exige leer qué idea de ciudad late bajo cada muro.

Más allá de la definición única: LA CIUDAD COMO «CONSTELACIÓN»

¿Existe algún rasgo que defina universalmente a la ciudad? Spengler apuntó a un concepto sugerente: lo que distingue la ciudad de la aldea no es el tamaño, sino la presencia de un «alma ciudadana». Sus habitantes se sienten un todo con su ciudad y se oponen al campo con todos sus instintos.

Pero incluso esta hermosa intuición resulta insuficiente. El fenómeno urbano es demasiado complejo para encerrarlo en una definición o en un par de opuestos. La única vía razonable es entender la ciudad como una «constelación» de atributos: como en un diagnóstico médico, cada factor por separado dice poco, pero el conjunto revela inequívocamente de qué se trata.

Estos son los factores que, reunidos sobre un espacio definido, producen el resultado ciudad:

  • No hay ciudad sin un poder que resida en ella, desde el basileus micénico hasta el señor del burgo medieval.
  • Para mandar y ser obedecido hay que proteger la sede del poder: la ciudad es también lugar fortificado. Muchas nacieron por pura necesidad estratégica.
  • Religión. Una necesidad religiosa ha sido siempre un potentísimo núcleo de convergencia, desde Mesopotamia y Egipto hasta Salt Lake City. El templo concentra riqueza, y a su sombra surgen almacenes, guardias y mercaderes.
  • Como demostró Henri Pirenne, no hay civilización sin ciudades, y ninguna ciudad se desarrolla al margen del comercio y la industria. La burguesía europea, a partir del siglo XII, se organizó municipalmente para proteger sus intereses.
  • Economía y trabajo. Para Max Weber, la ciudad verdadera es aquella cuyo mercado satisface la mayor parte del consumo diario de sus habitantes. La división del trabajo es su condición de posibilidad.

Fue Vere Gordon Childe quien acuñó una expresión afortunada para el momento en que todos estos factores cristalizan: la revolución urbana. No un simple aumento de tamaño, sino un salto cualitativo. Una comunidad campesina indiferenciada que se transforma en una estructura funcional rica, dividida en órganos: ágora, templo, mercado, murallas, red de calles.

De la ciudad-poder a la CIUDAD-MÁQUINA

A lo largo de los siglos, las ciudades han nacido casi siempre impulsadas por un ideal de poder y de dominio. Pero el siglo XIX marca un giro decisivo: por primera vez, los ideales de poder se subordinan a los económicos.

Werner Sombart describió esta evolución en dos tiempos. Primero surgen las grandes urbes de los siglos XVI y XVII como ciudades consumidoras, al calor de las cortes principescas y la Iglesia. Después, al instalarse el mercado, acuden las incipientes industrias y la ciudad se vuelve productora. Con la Revolución industrial, la máquina se hace inseparable de la concentración urbana, y nace la gran aglomeración moderna —a menudo crecida «sin plan ni freno».

Ese predominio del factor económico define buena parte de la ciudad contemporánea. Y explica también por qué recuperar la memoria de otros modelos urbanos (la plaza, el patio, el common) es hoy más pertinente que nunca.

CONCLUSIÓN: conservar la ciudad no es congelarla

Comprender los tipos fundamentales de ciudad no es un ejercicio de erudición. Es una herramienta de trabajo. Cada tejido urbano heredado —una plaza clásica, una medina, un casco conventual— responde a una idea de ciudad que sigue viva en su morfología.

En Ahaus Arquitectos entendemos la rehabilitación del patrimonio precisamente así: leer esa idea, respetarla y devolverla al presente con un uso contemporáneo. Porque conservar no es congelar. Es reinventar.

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