ganó el que miró el fango

EL CONCURSO DEL PUENTE RIALTO

Ganó el que miró el fango

En 1756, ciento sesenta y cinco años después de que el puente de Rialto estuviera terminado y en uso, Canaletto pintó otro. Un capricho con la Basílica Palladiana y el Palazzo Chiericati de Vicenza y, en el centro, el proyecto que Andrea Palladio había dibujado para cruzar el Gran Canal y que nunca se construyó.

El mejor pintor de Venecia seguía prefiriendo el puente que no existía.

El “concurso del puente de Rialto” se cuenta casi siempre de la misma manera: los grandes arquitectos del Renacimiento compitieron y perdió el mejor. La historia real llevó ochenta años, tuvo dos convocatorias separadas por más de una generación y terminó con una decisión que casi nadie defendería hoy en un jurado.

Pintura de Canaletto sobre la propuesta de puente de Palladio

300 AÑOS SIN RESOLVER CÓMO CRUZAR EL CANAL

El primer paso sobre el Gran Canal fue un pontón construido en 1181 por Nicolò Barattieri. Se llamó Ponte della Moneta por la ceca que había en su cabeza oriental.

Cuando el mercado de Rialto creció, el pontón se sustituyó por un puente de madera. Y la madera hizo lo que hace la madera. Cayó en 1444. Se dañó en 1507. En 1514, Fra Giovanni Giocondo redactó un proyecto que Vasari llegó a describir. En 1525 las autoridades deliberaron reconstruirlo en piedra y sacaron un bando de concurso.

No pasó nada.

La Venecia que dominaba el comercio del Mediterráneo, con el arsenal más eficiente de Europa, era incapaz de decidir cómo cruzar doscientos pasos de agua en su propio centro.

Curación del obseso – Vittorio Carpaccio 1494

LOS QUE SE OFRECIERON EN 1551

En 1551 las autoridades pidieron propuestas otra vez. Y esta vez respondió quien tenía que responder.

Se ofrecieron Miguel Ángel, Jacopo Sansovino, Andrea Palladio y Jacopo Vignola. Cuatro nombres que hoy ocupan capítulos enteros en cualquier manual. Todos plantearon soluciones desde el enfoque clásico, con varios arcos. Y todas fueron juzgadas inapropiadas para esta obra.

Aquí conviene detenerse, porque es donde la versión popular se rompe.

El concurso que ganó Antonio da Ponte no fue este. Fue otro, convocado en 1587 bajo el dux Pasquale Cicogna, treinta y seis años después. Para entonces Miguel Ángel llevaba veintitrés años muerto, Sansovino diecisiete, Vignola catorce y Palladio siete.

Giovanni Canaletto
Giovanni Canaletto

Ninguno de los cuatro pudo competir contra Da Ponte. La historia de los genios derrotados por un desconocido es una fusión de dos episodios distintos, y circula tal cual incluso en fuentes de referencia.

Lo que sí ocurrió es más interesante: Venecia descartó a los mejores arquitectos de Europa por su cuenta, sin necesidad de que nadie los venciera.

Entre una convocatoria y otra, además, la ciudad tuvo otras cosas de las que ocuparse. La peste de 1576 se llevó a una parte considerable de la población. Al año siguiente ardió el Palacio Ducal. Un puente de piedra caro dejó de ser urgente durante otra década larga, y el de madera siguió aguantando el tráfico del mercado más rico del Mediterráneo.

PALLADIO NO PROYECTÓ UN PUENTE

Se conservan dos propuestas suyas. La primera se conoce por los dibujos del Gabinete de dibujos y estampas de la Pinacoteca Cívica de Vicenza, posteriores a mayo de 1566. La segunda es la que publicó en 1570 en `I quattro libri dell’architettura`, y es la que todo el mundo ha visto.

Las dos hacen lo mismo. No resuelven un cruce: reordenan toda el área de Rialto con dos foros comerciales en las cabezas del puente, según criterios inspirados en el mundo antiguo (una idea que fra Giocondo ya había anticipado en 1514).

Es un proyecto magnífico y es una respuesta a otra pregunta.

Palladio dibujó un foro romano sobre el canal más transitado de una ciudad que vivía del tráfico de mercancías. Tres arcos significan dos pilas en el agua. Dos pilas significan estrechar el paso de las barcas en el punto exacto donde el comercio de Venecia se movía todos los días.

No fue el único. Guglielmo Marastoni propuso coronar el puente con un edificio público de dimensiones considerables. Vincenzo Scamozzi presentó una solución de tres arcos.

Todos proyectaron sobre el canal. Casi ninguno proyectó sobre el fondo del canal.

UN FUNCIONARIO DE OBRAS DE 75 AÑOS

Antonio da Ponte había nacido en Venecia en 1512 y no era un arquitecto en el sentido en que lo eran los otros. Era el hombre al que la República encargaba lo que había que resolver.

En 1574 fue nombrado responsable de las obras de restauración del Palacio Ducal. Cuando el edificio ardió el 20 de diciembre de 1577, su propuesta de rehabilitación fue la elegida entre las quince presentadas. En 1579 asumió la elevación de la cubierta principal del Arsenal. Entre 1577 y 1592 trabajó con Palladio en la iglesia del Redentor. En 1589 continuó las cárceles nuevas, frente al Palacio Ducal.

Cuando se convocó el concurso de 1587 tenía setenta y cinco años y una carrera entera de obra pública veneciana a la espalda.

Su propuesta no inventó nada. Retomaba la forma del puente de madera anterior, con dos rampas inclinadas que se cruzan en un pórtico central y dos hileras de cubículos comerciales rematados en arcos de medio punto. Lo mismo que ya había, ejecutado en piedra de Istria.

Un solo arco. Ninguna pila en el agua.

SEISCIENTOS PILOTES Y UNA JUNTA PERPENDICULAR

El puente se construyó entre 1588 y 1591, y la parte que decidió el asunto no se ve.

Se apoya en unos seiscientos pilotes de madera hincados en el fango de las orillas. Y las dovelas se dispusieron de tal modo que sus juntas quedan en todo momento perpendiculares al empuje del arco.

Esa es la frase que separa a Da Ponte de sus competidores. No habla de proporción ni de orden: habla de cómo se transmite una carga a un terreno que no es terreno.

El problema del Gran Canal nunca fue estético. Era que el suelo de Venecia es un limo blando y saturado sobre el que no se puede apoyar cualquier cosa. Tres arcos exigían cimentar en el centro del canal. Un arco rebajado desplazaba todo el empuje a las orillas, donde sí se podía hincar madera hasta encontrar resistencia.

Y hay un detalle que suele pasarse por alto. Da Ponte no rompió con el arco de medio punto: lo escondió. Las dovelas de arranque, las que completarían la circunferencia, quedan por debajo de la línea del agua. Lo que se ve es un arco rebajado. Lo que hay es un medio punto al que le falta la mitad de abajo, sumergida.

La solución tenía tan mala prensa en su momento que varios contemporáneos anunciaron que el puente se caería. Lleva cuatro siglos sin caerse.

Conviene medir bien lo que eso significa. Da Ponte no ganó por tener mejor gusto que Palladio, porque no lo tenía. Ganó porque llevaba trece años reparando los edificios públicos de una ciudad construida sobre limo y sabía exactamente hasta dónde había que bajar para encontrar algo firme. La diferencia entre los proyectos descartados y el suyo no está en el dibujo. Está debajo.

LO QUE CANALETTO SIGUIÓ PINTANDO

En 1841 el arquitecto parisino Antoine Rondelet publicó un tratado en el que cuestionaba la autoría de Da Ponte, señalando las similitudes entre el proyecto ganador y el que había entregado Scamozzi.

La discusión no se ha cerrado.

Es un final adecuado. El hombre que resolvió el cruce del Gran Canal tras ochenta años de indecisión, con una solución que sus contemporáneos daban por imposible, tampoco se quedó con la autoría tranquila.

El puente de Rialto no es una obra maestra del Renacimiento en el sentido en que lo son las villas de Palladio. Es un puente comercial con tiendas encima, hecho por un funcionario de obras que copió la forma del que ya había y cambió el material.

Funciona desde 1591. Sigue lleno de gente todos los días.

Y sin embargo, en 1756, Canaletto pintaba el otro. El de los tres arcos, el de los foros comerciales, el del orden clásico. La Venecia que no llegó a existir.

Venecia acertó al elegir. La imaginación se quedó con el que perdió, y ahí sigue.

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