Cada bodega resuelve las mismas exigencias: altura para criaderas y soleras, temperatura estable, humedad controlada y espacios diáfanos sin apoyos intermedios. Durante generaciones, la arquitectura respondió con muros de piedra, bóvedas y grandes cubiertas inclinadas, el sistema constructivo de las catedrales.
Pero a mediados del siglo XX esa respuesta cambió de raíz. Jerez se convirtió en el escenario de una investigación arquitectónica que aún hoy sorprende por su ambición técnica.
JEREZ, UN TERRITORIO QUE EXIGE INVENTAR
El paisaje jerezano no es solo viñedo. Es también memoria industrial: bodegas centenarias que conviven con naves construidas apenas hace cincuenta años.
Esa convivencia no es casual. La demanda de vino crecía. Y las bodegas tradicionales tenían un límite claro: su lentitud constructiva. Levantar una nave en piedra podía llevar años.
En este contexto surge un reto muy concreto en 1974. Construir una bodega de 20.000 m² en Jerez de la Frontera, en apenas dos años: las Bodegas Internacionales. La respuesta exigía repensar el propio proceso de construcción.
LA INDUSTRIALIZACIÓN COMO ESTRATEGIA ARQUITECTÓNICA
El arquitecto Ramón Montserrat Ballesté, al frente del equipo de la oficina técnica Arquinde, asumió ese encargo. Junto a Ignacio González Mesones, Lorenzo Martín Nieto y Pablo Canela Jiménez, planteó una vía distinta a la bodega catedral tradicional.
Su propuesta no consistía en trabajar más rápido con los mismos medios. Consistía en investigar un sistema constructivo completamente nuevo: un único módulo prefabricado, repetido hasta cubrir toda la nave.
UN MÓDULO, TRES FUNCIONES
La pieza se conoce como «el paraguas»: una pirámide octogonal invertida de hormigón, apoyada en un mástil vertical. Se fabricaba en taller. Se montaba en obra con junta seca, casi sin mortero.
Pero lo verdaderamente interesante de este módulo no es solo su repetición, sino todo lo que resuelve por sí mismo, sin necesidad de elementos añadidos:
- El mástil sostiene la cubierta directamente, sin necesidad de vigas ni pilares adicionales entre módulos.
- Cubrición del edificio. La forma piramidal invertida del paraguas cubre, por sí sola, toda la superficie que le corresponde.
- Evacuación de aguas pluviales. El mástil actúa también como bajante: recoge el agua de lluvia y la conduce directamente al subsuelo, sin canalones ni bajantes vistos. Esa misma agua ayuda, de paso, a estabilizar la humedad junto a las botas de crianza.
Antes de llegar a esta solución, el equipo ya había investigado el sistema en la Bodega Terry, también en Jerez. Allí corrigieron los primeros problemas de filtraciones antes de perfeccionar el módulo a mayor escala.
LA BÚSQUEDA DE LA LUZ MÁS AMPLIA: una obsesión del siglo XX
El «paraguas» de Jerez no fue una ocurrencia aislada. Entre los años 30 y los 70, varios arquitectos persiguieron la misma idea, en países muy distintos. Un único pilar, coronado por un capitel ensanchado, capaz de cubrir la mayor superficie posible sin apoyos intermedios.
Frank Lloyd Wright fue pionero en 1939, en la sede de Johnson Wax en Racine (Wisconsin). Sus columnas «dendriformes» nacen con apenas 23 centímetros de diámetro en la base. Se abren hasta 5,5 metros de diámetro en el remate, como una flor de loto invertida. El propio Wright tuvo que demostrar su resistencia ante las autoridades: una columna de prueba llegó a soportar 60 toneladas. Cinco veces la carga exigida. El resultado fue la Gran Sala de Trabajo, un espacio diáfano de media hectárea sin un solo muro interior.
Corrales y Molezún, en el Pabellón de los Hexágonos (concurso de 1956, construido para la Expo de Bruselas de 1958), llevaron la idea a escala doméstica. Un módulo hexagonal en forma de paraguas invertido, con cimentación propia y capaz de evacuar por sí mismo el agua de lluvia. Se dice que la solución les surgió durante un viaje en tren. El pabellón ganó la Medalla de Oro de la exposición, por delante del mismísimo Atomium.
Pier Luigi Nervi, junto a Gio Ponti, aplicó la misma lógica a escala monumental. Fue en el Palazzo del Lavoro de Turín (1961): 16 módulos independientes en forma de paraguas, de 40 metros de lado cada uno. Cada uno apoyado sobre un único pilar de hormigón de 25 metros de altura. Todo el edificio —25.000 m²— se construyó en apenas diez meses.
Louis Kahn, en la fábrica Olivetti-Underwood de Harrisburg (1966-1970), afrontó el mismo reto. Su solución: 72 módulos prefabricados en forma de plato invertido, cada uno apoyado en una única columna de hormigón pretensado. Aquí aparece un paralelismo casi literal con Jerez: el agua de lluvia de cada módulo se conduce hacia el subsuelo a través de un tubo situado en el interior de la propia columna.
UN MISMO LENGUAJE: cuatro décadas, cinco países
Wright, Corrales y Molezún, Nervi, Kahn y, finalmente, Montserrat Ballesté en Jerez. Cinco respuestas distintas a una misma pregunta: cómo cubrir el espacio más amplio posible con el menor número de apoyos. En varios casos, además, una misma solución de fondo. Un único módulo capaz de sostener, cubrir y evacuar el agua a la vez.
Lo que en Racine, Bruselas, Turín o Harrisburg fue una fábrica, un pabellón o una sede corporativa, en Jerez fue una bodega. La necesidad era la misma: luz amplia, espacio diáfano, construcción rápida. Aplicada, esta vez, a la crianza del vino.
AHAUS Y LA BODEGA: de la producción al hogar
En AHAUS llevamos años trabajando con esta tipología desde otro ángulo: la transformación de antiguas bodegas de Moguer en viviendas. Son edificios pensados originalmente para el vino, con su altura, su diafanidad y su relación particular con la temperatura y la luz. Hoy piden una segunda vida como espacio habitado.
Casa Trasmuros se aloja en una bodega compuesta por tres partes. El edificio principal, de grandes arcos de ladrillo visto y cubierta a dos aguas. Un anexo trasero, antiguamente destinado al almacenamiento del vinagre. Y una pieza secundaria que conecta ambos espacios. La rehabilitación distribuye la vivienda principal en la antigua nave de la bodega. La nave del vinagre se reserva como salón multiusos, dejando a la vista la fábrica original de los arcos allí donde la escala lo permite.
Casa áGAPE la altura de la nave original fue la clave del proyecto. Sus columnas de mármol, recuperadas en la intervención, permitieron incorporar una entreplanta retranqueada de la medianera. Así, la vivienda disfruta de esa escala doble desde cualquier punto de la casa. El proyecto mantiene, además, la tipología de cubierta a dos aguas con hastial a fachada, respetando la lectura exterior del edificio original.
Intervenir sobre estas bodegas no es solo un ejercicio de rehabilitación. Es continuar, con otras herramientas, la misma pregunta que se hicieron Montserrat Ballesté y su equipo en 1974: qué necesita esta tipología para responder a las exigencias de su tiempo. Entonces la exigencia era producir más vino en menos tiempo. Hoy los objetivos han cambiado ligeramente de nombre: eficiencia energética, sostenibilidad, reducción del impacto durante la construcción, edificios que consuman menos a lo largo de toda su vida útil.
Ofrecer una vivienda contemporánea sin renunciar a la identidad del edificio original es, para nosotros, lo más interesante de trabajar con patrimonio bodeguero. No conservamos un objeto fijo: acompañamos una tipología que sigue reinventándose, proyecto a proyecto.
La bodega, en definitiva, sigue siendo hoy lo que fue siempre: una tipología de vanguardia.